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        Estamos a finales del siglo XX. Toda España está irremediablemente civilizada... ¿Toda? ¡Noor! Una aldea poblada por irreductibles Hijos del Cura, llamada Santa María del Berrocal, resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no es fácil para los pueblos vecinos de Piedrahíta, San Bartolomé, Malpartida, Valdemolinos, Navahermosa, Palacios, Gallegos...

        Todo empezó a mediados de los años 80 cuando en Berrocal convivían, de mejor o peor forma, numerosas tribus. Pero con los 90 poco a poco alguna de estas tribus fueron aunando esfuerzos y a través de un proceso lento pero constante unieron sus fuerzas en una sola e invencible tribu. Y aquellos bravos guerreros, unidos por su espíritu de supervivencia empezaron a darse a conocer bajo el nombre de "Los Hijos del Cura". Poco tiempo después, los ancianos del lugar formaron su propia peña, "la peña del Cubata". Incluso los más jovenzuelos que sin darnos cuenta se habían desarrollado (sobretodo las hembras) dieron lugar a "Los Melopeas" y a " Los amigos de la Marcela". También, influenciadas por el contexto de la época, surgió una tribu exclusiva de mujeres, "Las Pibitas".

        Nuestra gran tribu, los HDC, llevados por el deseo de expansión que desde tiempos inmemoriales ha caracterizado a los grande guerreros, se reunió en el verano de 1995 para organizar su participación en los Juegos que se celebraban una vez al año en el pueblo de al lado, Piedrahíta. De esta reunión surgió la escuadra de fútbol masculina que habría de hacer frente a las envestidas de los pueblos enemigos. Al año siguiente las chicas formarían su propio equipo. Al mismo tiempo tuvieron que buscar una morada para la tribu mientras se consumían también gran cantidad de brebajes de todo tipo. Aún así esos magníficos guerreros lucharon bravamente y fueron ganando batallas hasta que se perdió la guerra en la final, eso sí se había luchado y se había logrado un meritorio segundo puesto que empezó a forjar la leyenda de los Hijos del Cura por todo el Valle del Corneja. Los HDC encontraron por fin una choza donde poder establecerse, sin embargo la alegría duró poco puesto que a la semana fueron desalojados.

        Transcurrieron los veranos con cambios de sede, recogida de mobiliario, consumo de pociones, polvos, Juegos, nuevas incorporaciones, bodas, banquetes, mudanzas, ... Otras peñas, emulando a los HDC, decidieron probar suerte en los citados Juegos, si bien no lograron sus objetivos y perecieron en el intento (no queremos mencionar el 14-2 en el partido HDC-Melopeas del 98). En un acto de inteligencia que les honra decidieron deshacer el equipo, y sus miembros más valiosos en el combate se unieron a la escuadra de los HDC por primera vez en el verano de 1999, si bien las cosas no fueron demasiado bien. Pero estamos seguros que en los Juegos de los próximos años volveremos por los derroteros que nos llenó de gloria antaño.

        Finalmente, en el verano de 1999 los HDC encontraron una choza semiderruida en la que poder establecerse por un tiempo considerable. Para ello tuvieron que ponerse el mono de trabajo (nunca mejor dicho) hacer cemento y yeso, recibir ventanas y puertas, y limpiar, limpiar y limpiar. Con la morada garantizada empezaron a surgir ideas sobre cuotas mensuales, libro de cuentas, chimenea ...

        Y esta morada, cuya reforma supo rematar con elegancia y en cuatro ratos el gran discípulo de Le Corbusier, y más conocido como el artista Pa-too, fue la que consiguió dar, en este nuevo milenio, la estabilidad que nuestros guerreros tanto necesitaban para vaciarse en el campo de batalla y así conquistar, por fin, en el año 2001 y 2003, Barco de Ávila y por tres veces consecutivas, años 2001 , 2002 y 2003, el imperio vecino de Piedrahíta (un hito en la historia), sin olvidarse de defender su propio campo de combate durante los cinco últimos años ( ver palmarés a parte). Las féminas, por su parte, no cesaron en su encomiable empeño y continuaron sin desaliento con su escuadra, consiguiendo un merecido segundo puesto en el verano del 2000. Estos luchadores, combate tras combate y victoria tras victoria, fueron extendiendo su leyenda y haciéndose cada más fuertes gracias a los brebajes que les iban preparando en las posadas nocturnas, al son de su ya mundialmente conocido himno, el ¡Alé Hijos del Cura Alé Alé!.

         Todas estas conquistas hicieron que se extendiese el imperio de los Hijos del Cura por todo el Valle, imperio en el que el sol nunca se pone; bueno, a veces. Al ser tan vasto el imperio, algunos integrantes, animados por el ansia de nuevas y excitantes aventuras, probaron fortuna en otros confines del planeta viajando a lugares tan alejados de su aldea como Desghana, la inexplorada Novoypayanipaca, el peligroso y a la vez cautivador Toymarried... De ellos, narraremos sus peripecias cuando recibamos noticias a través de sus palomas mensajeras. Otras tribus del lugar se extinguieron inexorablemente bajo el dominio de Los Hijos del Cura, de ellas aún hoy nos quedan algunos vestigios que nos recuerdan su existencia.

         Holga decir, que pese a todo, este esplendor no les cegó. Los HDC siguieron siendo fieles a sus rituales, incluso a aquellos tan inhumanos y sacrificados como bajar a la remota piscina, subir a media noche a las lanchas e incluso, inmolarse en la ya tradicional Cena de Thíos, reservada sólo para los semidioses (escuchar el boca a boca de los supervivientes ).

         Todos los años igual, pero distintos todos, unos años con unos trajes de guerra otros con otros. Así transcurren los años. Lo importante es que ganen o pierdan las batallas, sobrevivan o no a las reuniones nocturnas de tribus en otros pueblos, acabe como acabe toda la bebida, encuentre o no su guía espiritual, Alver-Thy, su máscara.... al final de cada estío, la gran tribu Los Hijos del Cura pedirá más y más pócimas secretas en su Última Cena de todos los años habidos y por haber.

        

Por los siglos de los siglos...